Mujeres reclusas: del olvido al no me acuerdo.

Artículo originalmente publicado en agosto de 2008 en la página asilegal.org.mx

Psic. Tlacaelel Paredes Gómez.

Introducción

Bajo el escudriño y reflexión que se tiene desde la perspectiva de género, presento una problemática social que a tod@s nos compete: el de aquellas mujeres que se encuentran privadas de su libertad y que viven y sufren en el día a día el abandono de sus familiares, de sus amistades y de la sociedad en general, relegándolas en el olvido colectivo.

Mucho nos hemos preguntado si para abordar el tema del olvido de las familias, de las parejas sentimentales, de la sociedad en general de éstas mujeres presas, necesitamos entender los probables orígenes del porqué las mujeres delinquen, que las hace asesinar, qué las hace ser las líderes que se dediquen al secuestro.

Es un hecho, las mujeres delinquen. Sin embargo, en el devenir de la historia, a las mujeres se les ha asesinado, maltratado, violado, usado, lastimado, vejado, lapidado, humillado, golpeado, mancillado, olvidado, empobrecido por los hombres, y juzgadas por leyes hechas por los mismos hombres.

Las mujeres que han delinquido y que se encuentran privadas de su libertad, son doblemente señaladas por la sociedad, que las acusa de ser las causantes de educar a hijos varones machos y a hijas mujeres sumisas, abnegadas, dejadas, abandonadas; y también por haber sido utilizadas por los hombres para delinquir. Y su castigo social es el escarnio y el olvido.

Pero es necesario revisar la historia. Desde tiempos inmemoriales el asesinato de mujeres ha sido práctica habitual del patriarcado: es historia vieja; sin embargo desde el siglo XXI se ha intensificado y recrudecido al extremo que estamos ingresando a la “era del crimen sexual”, con violación, tortura y asesinato.

Durante siglos las prostitutas fueron el blanco preferido del asesinato sexual; en la nueva era el abanico se ha ampliado y abarca a todo el género, sobre todo a las clases sociales más desprotegidas, como demuestran los feminicidios de Ciudad Juárez.

El objetivo es uno: aterrorizar a las mujeres y delimitar muy claramente quién ostenta el poder.

Las matanzas de Eduardo, alias Jack: El Destripador hace más de cien años en Inglaterra o las de los autores de los feminicidios en Juárez ahora, son expresión del poder patriarcal que necesita humillar sexualmente a la víctima, degradarla y colocarla en su valía por debajo de un objeto inanimado.

Julia Monárrez Fragoso (2002) considera que el asesinato sexual nos es fruto de una maldad inexplicable o del dominio de monstruos. Por el contrario, es la expresión última de la sexualidad como una forma de poder, razón que descartaría a las mujeres de practicar el asesinato sexual.

Otra de las aristas para entender dicha problemática social, es el del por qué matan las mujeres. A diferencia del hombre homicida serial, las mujeres por ejemplo no destazan el cadáver ni torturan a la víctima; generalmente usan veneno en dosis bajas para registrar el homicidio como muerte natural y sin sufrimiento. No acechan o buscan a su víctima, porque está ahí: duerme con él y está en el hogar mismo: el marido, seguido de parientes enfermos o ancianos, y en casos extremos los hijos, por pobreza, muchas veces acompañados del subsecuente suicidio de la madre.

Las asesinas seriales, a decir de Ángela Tapias Saldaña (S/F), son desestimadas por el sistema judicial y la academia, tal vez porque no utilizan métodos violentos, sino, letales, como el envenenamiento, o por que los índices estadísticos no son tan altos como los hombres homicidas: cinco y quince por ciento respecto a ellos.

Y tan no son tomadas en serio que se ha optado por aplicarles el mote popular de “viuda negra”, “vampiresa”, o “ángel de la muerte” en el caso de quienes mataron a enfermos y ancianos bajo su cuidado “para que dejara de sufrir”. El móvil suele ser económico, pero también una salida desesperada ante el constante maltrato físico o emocional, el abandono o la traición.

Es tan limitado el fenómeno respecto de la versión masculina que algunos sustentan que no existe, puesto que el impulso de poder o de mero placer que induce a los varones a violar, torturar y matar es opuesto en las mujeres asesinas.

Si bien existe un aumento en el índice delictivo femenil (anteriormente era de una por cada cincuenta delincuentes hombres, hoy la proporción se eleva a una por cada cinco en México), ellas no suelen ser cabezas sino copartícipes; las cárceles están pobladas de mujeres que delinquieron por amor; sin embargo, están creciendo, aunque aún en casos aislados, las lideresas de organizaciones delictivas. En estos casos el móvil es económico, quizá el anhelo de poder y de revertir la situación de sometimiento, pero no el sexual.

Un caso de asesinato colectivo a manos de mujeres registrado en Hungría dibuja con nitidez los móviles que pueden llevar a una mujer a segar vidas. Durante la Primera Guerra Mundial, Nagyrev fue convertido en campamento de prisioneros de guerra; algunas mujeres solas tomaron a los extranjeros como amantes, otras como confidentes, pero sobre todo experimentaron libertad. Cuando sus maridos, padres, hermanos u otros parientes volvieron del frente con machismo exacerbado por el combate, recrudecieron los malos tratos habituales hacia ellas, por lo que más de 50 esposas utilizaron arsénico: hubo más de 300 muertos.

Se dice que Julia Fazekas –detenida en 10 ocasiones entre 1911 y 1921 acusada de realizar abortos- les proporcionó el veneno que elaboró con una receta casera, mientras su primo era el encargado de levantar las actas de defunción… por muerte natural. Todo apuntaba que serían “crímenes perfectos”, hasta que una se “arrepintió” y llorosa contó todo a la policía, que arrestó a 38 mujeres, pero no a Fezekas, no fue necesario, ya que se suicidó antes.

Ocho fueron sentenciadas a muerte, siete a cadena perpetua y el resto tuvo condenas variadas. Rose Obvia confesó que mató a su cónyuge por “aburrido”; María Varga envenenó a su esposo, héroe de guerra ciego, cuando la acusó de “traer demasiados amantes a casa”; María Szendi declaró: “Maté a mi marido porque siempre quería tener el control. Es terrible la forma en que los hombres siempre quieren todo”.

Otro caso es de Rusia, donde madame Popova cobraba poco por el trabajito o incluso regalaba sus venenos a las campesinas golpeadas por sus cónyuges que recurrían a ella. Una clienta compungida la denunció en 1909. Popova confesó orgullosa: “Liberé a más de 300 mujeres e hice un gran trabajo alejando esposas infelices de sus tiranos”. Fue ejecutada por un pelotón de fusilamiento. En su defensa alegó: “Nunca maté a una mujer”.

El presente trabajo se propone describir y analizar desde la perspectiva de género una problemática social que a tod@s nos atañe como sociedad: el de las mujeres que se encuentran privadas de su libertad y que son olvidadas y abandonadas por su familia y su pareja sentimental, así como también del desinterés que provoca abordar el tema en nuestra sociedad.

Para ello, presentaremos las opiniones de l@s especialistas en la materia y su consideración al respecto, puntualizando sus posturas y analizando en conjunto dicho tema.

Mujer, prisión y olvido. Discusión.

La situación de las cárceles femeninas es dramática – afirma Carmen Anthony (2007); por que considera que las mujeres detenidas, no sólo sufren el estigma de romper con el rol de esposas sumisas y madres presentes que le asigna la sociedad, sino también como el de las madres lactantes o los hijos de las mujeres encarceladas. En ese sentido, afirma que, para resolver estos graves problemas, es necesario incluir un enfoque de género en las políticas públicas penales y penitenciarias.

Del Olmo (1998), considera que los estudios feministas han contribuido de manera importante en el plano epistemológico de los paradigmas de la criminología, en la medida en la que han facilitado la redefinición de conceptos al cuestionarlos y al enriquecerlos. Este cuestionamiento surge al constatar que lo que cuenta como conocimiento debe estar basado en la experiencia y que la experiencia de las mujeres difiere sistemáticamente de la experiencia masculina en que se han apoyado el conocimiento. Se trata de un cambio de la investigación sobre las mujeres a la investigación para las mujeres. La mujer deja de ser objeto de conocimiento para convertirse en sujeto de conocimiento.

Azaola (citada por Maria Esther Garrido (2002)) identifica algunas características del porqué se encuentran en tales condiciones, por ejemplo, afirma que por lo general, las mujeres no son autoras del delito sino participes o cómplices empujadas por un varón; considera de modo oportuno que, aquellas mujeres que están en prisión, es porque ayudaron a encubrir el ilícito de los hombres; por ejemplo: son madres que han ayudado a esconder la droga que el hijo lleva a casa o mujeres que han creído que es parte de su obligación como esposas, novias o amantes.

Aún así, rescata en su análisis que el porcentaje del sexo femenino que llega a la cárcel es bajo en comparación con el del hombre (5 de cada 100), y subraya que ellas no se amotinan, ni se fugan, por lo que las demandas de las reclusas rara vez son tomadas en cuenta.

Sin embargo, para Belknap (2001), la investigación sobre las diferencias en el desarrollo de los jóvenes (varones y mujeres) es un área de estudio relativamente nueva en la criminología, y de la información a la fecha disponible; es posible observar que las diferencias de género en la socialización y el desarrollo existen y que estas diferencias, de hecho, pueden tener un efecto en los patrones de delincuencia.

Los enfoques desde la perspectiva de género nos dicen que mientras a los varones se les enseña con frecuencia a valorar la separación y la independencia, a las mujeres se les inculca que su valor depende, en gran medida, de su habilidad para mantener relaciones. Las niñas, por tanto, corren el riesgo de perder sus propios intereses en las relaciones con otros, mientras que los niños pueden experimentar un sentido crónico de alienación.

Por lo general, las mujeres son socializadas para ser menos agresivas que los varones; son supervisadas de forma más cuidadosa por sus padres. Aprenden a responder a la provocación mediante sentimientos de ansiedad y depresión, mientras que los hombres aprenden a vengarse.

Aunque las mujeres pueden enojarse con tanta frecuencia como los varones, han aprendido a culparse a sí mismas por experimentar tales sentimientos. Son socializadas para evitar que su coraje dañe sus relaciones valiosas; los hombres son socializados para reaccionar con coraje, buscando en la mayoría de las veces culpar a otros por su malestar. Las mujeres, a diferencia de los varones, tienden a responder al coraje, buscando en la mayoría de las veces culpar a otros por su malestar.

Sáenz (1990) conciente de ello, insiste en que niñas y niños sufren privaciones y censuras continuas respecto a determinados deseos y necesidades que resultan violentados no sólo mediante la coerción, prohibición y/o inhibición de ellos, sino mediante reiteraciones conducentes a la creación de modelos de adultos ideales, ya sea para el ejercicio de poder-dominación (por parte de niños-hombres) y de aceptación y adecuación por parte de otras (niñas-mujeres).

A partir de estas reflexiones, en la década de los ochenta se realizó una serie de trabajos sobre la criminalidad femenina. Una representante de dicha corriente es P. Carlen (citada por Del Olmo, 1998), quien con una metodología etnográfica de historias de vida de mujeres en Escocia llegó a la conclusión de que las condiciones materiales y el sentimiento de injusticia social que sentían dichas mujeres las llevó a optar por actividades ilegales y dichas conductas pueden ser vistas como una reacción social.

Carlen (1992), concluyó que en su mayoría los crímenes de las mujeres son típicos de quienes no tiene poder; muchas mujeres en prisión pertenecen a grupos minoritarios, han vivido en la pobreza la mayor parte de sus vidas y las tipificaciones convencionales sobre la femineidad desempeñan un papel clave en la decisión de encarcelar o no a una mujer.

Posteriormente autoras como J. Doughterty (1997) consideraron que los efectos interactivos de la esfera estructural y la esfera ideológica de las sociedades patriarcales crean un contexto de opresión que impacta directamente en la vida de la mujer: Dentro de esta dinámica, la mujer desarrolla una matriz específica de creencias sobre ella misma, sobre su poder y sobre la legitimidad del orden patriarcal. Por tanto, para poder comprender la criminalidad femenina es importante ver cómo se defienden a sí mismas y sus situaciones, y cómo cada mujer experimenta subjetivamente su opresión.

María de la Luz de Lima (1991, citada por Anthony), comenta que, ante la llamativa ausencia de una mirada de género en los trabajos criminológicos y penales sobre esta cuestión, las investigaciones sobre la delincuencia femenina se ajustaban a parámetros derivados de una concepción androcentrista y etnocentrista que privilegiaba la mirada sobre el delincuente varón.

Tanto el discurso como las normas jurídicas giraban alrededor del hombre delincuente, sus motivaciones y el tratamiento que recibía en las cárceles y los establecimientos penitenciarios. Esto es, la historia de las mujeres y su rol en la naturaleza homogénea y, por lo tanto su estudio, no debe hacerse solo desde una perspectiva etiológica o desde un enfoque crítico. Para ello, considera que es necesario analizar en conjunto las relaciones y las reglas de poder en la sociedad.

Lola Aniyar de Castro (2007, citada por Anthony) señala que el poder ha ido construyendo una idea y una realidad de la subordinación femenina a lo largo de la historia, que se ha reflejado en la criminalidad y la criminología, que son los campos donde el poder define más claramente las cualidades del bien y del mal, el estereotipo de los buenos y de los malos, y donde se ve con mayor claridad el sometimiento que sufren los más débiles.

Facio (1993) y Zaffaroni (1993), consideran que la mujer ha sido excluida tanto del discurso dominante en la criminología y el derecho como del discurso punitivo. Ambos autores coinciden en señalar que la visión estereotipada de mujeres y hombres y la invisibilidad de las mujeres han sido factores que han impedido la existencia de un trato justo para la mujer criminalizada.

Para Lombroso y Ferrero (1973), con respeto a esta visión estereotipada de la mujer delincuente, consideran que ésta tuvo su origen en las teorías premodernas de la criminología positivista de finales del siglo XIX, que situaban en la biología – y en lo que postulaban como la esencia o la naturaleza femenina – la explicación de sus comportamientos desviados.

Como es bien sabido, estas teorías dominaron el pensamiento criminológico durante la primera mitad del siglo XX y tuvieron una gran influencia, la cual todavía no puede considerarse del todo superada.

Azaola y Yacamán (1996), puntualizan que después de los estudios feministas realizados en numerosos países durante las tres últimas décadas (1970-2000), consideran que la mujer apenas comienza a ser un sujeto visible para el derecho penal, sin que esto quiera decir que la disciplina haya abandonado su lógica predominantemente masculina.

Para Milagros Del Pilar Herrero (2004), la situación de la mujer en prisión y la de un hombre en iguales circunstancias tiene diferencias, porque el efecto en el tejido familiar y social es mucho más alto en el caso de ellas, debido a que no sólo son sancionadas por las leyes del hombre, sino abandonadas por su pareja, amigas y familiares. Este problema no ha sido analizado desde una perspectiva de género, de ahí que las condiciones de vida de las mujeres dentro del penal no correspondan a sus necesidades.

Lagarde (2003) considera, que la prisión es una institución punitiva y pedagógica: es decir, que mediante el castigo de unos cuantos, se erige amenazadora y ejemplar, como futuro para quienes se atrevan a transgredir las normas hasta pasar la tolerancia de los poderes.

Sin embargo, Lagarde considera que la prisión está destinada a los disidentes, a los transgresores. Se trata del espacio reservado a aquellos que no aceptan el cumplimiento de las normas. Así, la prisión excluye y cerca, contiene en el aislamiento a los sujetos que no internalizan el consenso de acuerdo con su lugar en la sociedad y la cultura, y actúan fuera de la norma.

En ella se viven violencia física, verbal, sexual, rechazo, pobreza, deudas, miedo, angustias, depresión, hacinamiento producto del aumento de la población penitenciaria, abuso de poder por parte de compañeras internas, celadoras y autoridades; explotación laboral, inadecuado cuidado de la salud, falta de apoyo sentimental por parte de la familia, falta de apoyo presencial y sentimental por parte del concubino, incluso, se llega al olvido mismo; alejamiento de los hijos por decisión de los familiares cercanos o que sean canalizados a alguna institución que sirva de refugio temporal, falta de apoyo económico y social, aunadas a una pobre expectativa de cambio, incluso el olvido total de aquellas personas que fungieron como sus redes sociales. Tales situaciones, se viven y se construyen dentro de los centros penitenciarios desde el momento en que la mujer es ingresada a reclusión, generalmente por delitos relacionados con el microtráfico de drogas.

Azaola y Yacamán (1996) consideran que, dadas las condiciones de desigualdad social para la mujer, si éstas no son tomadas en cuenta por el sistema de impartición de justicia, lo que termina por imponerse es justicia parcial.

Es decir, que mientras se apliquen sanciones iguales en condiciones que no lo son, lo que se reproduce es una situación de desigualdad real, profunda e intrincada.

En este sentido, las autoras consideran que no podrá mejorarse la situación de la mujer en prisión mientras no mejore afuera. La solución al problema carcelario se encuentras en la sociedad: la prisión no hace sino reproducir, amplificar, concentrar en un pequeño espacio sus más profundas contradicciones.

El confinamiento de estas mujeres viene a ser un proceso de marginación secundaria que se deriva de un proceso de marginación primaria. Ciertamente los sectores marginales, empobrecidos, son los más susceptibles de ingresar a los circuitos de la justicia y son los que aparecen sobre representados en las estadísticas de la población confinada.

Lo que conduce a estas poblaciones al proceso de marginación secundaria, al confinamiento, es el haber vivido en un contexto de marginalización primaria. Desgraciadamente, para la mayoría de las mujeres internas, salir de la experiencia de marginación secundaria, implica volver a la marginación primaria.

Conclusión

El tema abordado anteriormente, merece más atención, porque creo que puede proporcionar líneas de investigación, tanto en el tratamiento interno penitenciario, como en el externo, donde se confluyan las disciplinas de jurídico, trabajo social y de psicología, así como de aquellas áreas que tienen como propósito la reincorporación de la mujer interna al tejido social.

Es pertinente que l@s especialistas elaboren políticas públicas con perspectiva de género en el sistema penitenciario que vayan enfocadas a no reforzar los estereotipos y la construcción de géneros que mantengan las desigualdades sociales que resultan en desventajas para las mujeres, cuyas necesidades son relegadas en las prisiones, como ocurre en otros espacios.

Es bien sabido que todo el sistema penitenciario se rige desde un modelo “masculino”, en que la norma se dicta y se desprende a partir de las necesidades de los hombres, incorporándose las mujeres a éste como un adjunto a tal proyecto. Esto hace a que las prioridades de las mujeres sean relegadas por si mismas. Azaola y Yacamán (1996) explican que esta excusa es dada por las autoridades justificando que las mujeres en prisión sólo representan el 4% de la población penitenciaria; aunque esta actitud revela –explican las autoras-, como una tendencia permanente de relegar a la mujer desde esa visión patriarcal, a subordinar sus necesidades a las de los hombres, rebasando incluso el ámbito de la prisión.

En este marco de referencia, se continúa de manera irreflexiva, asignándole y confinando a la mujer a la realización de actividades estereotipadas de su género, brindándoles pocas probabilidades de elevar y superar su condición de vida.

Mientras que para los hombres las posibilidades de elevar su condición de vida con los talleres que se ofrecen dentro de los centros penitenciarios (carpintería, elaborar hamacas, cestas de mimbre), puesto que aprenden un oficio; en el caso de las mujeres se les siguen asignando y confinando la realización de las labores de aseo, al bordado y al tejido. No es que las oportunidades de trabajo abunden para los hombres internos, sino que las pocas que hay se les conceden también de manera automática sin tomar en cuenta a la mujer.

Una vez recluidas las mujeres, no sólo son procesadas y castigadas por las leyes según sea el delito que cometió, sino también reciben hasta un triple castigo social que incluye el que sus familiares más cercanos, incluidos sus hij@s y amistades, no las visiten y se rompa así el apoyo moral que se necesita para ser llevadera su realidad.

Pero el que una mujer delinque, asesine, lidereé a un grupo de personas que se dediquen al secuestro, es más cuestionable en la sociedad actual, puesto que deja de ser la mujer abnegada, sumisa, protectora, educadora de principios y valores, exigencia que rompe con lo que se espera sea ella.

Patricia Briones Zermeño (2008) declara en su artículo “La cárcel, estigma que marca a las mujeres reclusas”, que nueve de cada diez mujeres en prisión jamás reciben visitas de sus familiares, amigos o de sus hijos, lo que para ellas es una situación desesperante y deprimente, y que se agrava cuando recobran su libertad porque no tienen a dónde ir porque son rechazadas principalmente por sus hijos.

Tal afirmación es producto de la entrevista a la Fundadora de la Casa albergue “Vuelo de Pájaros”, María del Rosario Anaya Castillo, quien a su vez explica que a estas mujeres – en dicha casa-albergue-, se les capacita, se les ofrece educación, trabajo, superación personal y seguimiento psicológico, porque quedan marcadas y es irreversible el daño que les ocasiona el encierro.

En este sentido, considero que es prioritario poner atención en el tema de estas mujeres olvidadas por la sociedad, misma que puede ser la caja de resonancia para que se proyecten nuevas alternancias de tratamiento penitenciario.

Bibliografía

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[17] Del Pilar Herrero, Milagros. (2004) Los derechos humanos olvidados. Un acercamiento a la situación de las mujeres privadas de su libertad, en Los Derechos de las Mujeres en México. Coedición: UNAM, Ayuntamiento de Mérida, REMU, Gobierno del Estado de Yucatán, CDHDF.

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[19] Azaola, Elena; Yacamán, Cristina J. (1996). Las mujeres olvidadas. Un estudio sobre la situación actual de las cárceles de mujeres en la República Mexicana. El Colegio de México y la Comisión Nacional de Derechos Humanos. México.

[20] Íbidem. Pp. 403-415.

[21] Briones Zermeño, Patricia. (2008). La cárcel, estigma que marca a las mujeres reclusas. En el periódico de circulación local: El Sol de San Luis. San Luis Potosí, México. 25 de abril de 2008.